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Buscando las áncoras perdidas [Original]

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Buscando las áncoras perdidas [Original]

Mensaje por Merell Ro'maeve el Dom Ago 29, 2010 4:42 pm

"Un hombre de pelo rojizo y extraños ojos violáceos viaja, y viaja sin
saber a dónde. No tiene recuerdo alguno que le permita otorgarle un
objetivo a su travesía, pero esto no le impide continuar. Su nombre
podría ser Volk, como también podría no serlo. Su origen podría ser el
Norte o el Sur, o ninguno de ellos. Él sólo camina y contempla con su
mirada casi pálida, al mundo.
"


Buscando las áncoras perdidas
Miedo al fuego


Capítulo I
El Desmemoriado


De movimiento lento y torpe, se mecía él entre el viento seco del desierto. La arena que corría con las brisas le lastimaba la palidez de su cara, pero sus ojos violáceos no reaccionaban. Cual sonámbulo caminaba, como atraído por algo inexistente y con la mirada perdida, siempre dirigida al frente. Sin previo aviso, una sombra pisó la suya. Se giró algo atolondrado, y clavó sus orbes únicos en aquel que osaba interrumpir su travesía. Se trataba de un viajero bastante añejo, de cabeza calva tapada por un enorme pañuelo y arrugas por toda su cara. Con una sonrisa amable y unos ojos rasgados le contestó a la mirada inexpresiva del joven, quien lucía una larga cabellera carmesí, y no vestía más que unos ropajes ruinosos debajo de una armadura con ya mucho uso, por no decir que en cualquier momento caería destruida.

Una vez el viento se hubiese calmado, el anciano habló– No es éste el mejor lugar para deambular.. –Levantó ligeramente la cabeza para visualizar mejor al chico, portador de una altura presuntuosa– y menos para alguien de tan corta edad como usted, ¿verdad? –Sin más, dio media vuelta y continuó su dura caminata por el ventoso paraje.

Lo contemplaba alejarse con suma extrañeza y curiosidad el futuro protagonista de esta historia, contada en estos escritos por el simple hecho de guardar sus escasas memorias. El cielo se tornaba del mismo color que sus ojos, y su mente olvidadiza comenzaba a funcionar con más rapidez, se acercaba el crepúsculo y con él una obscura noche de luna nueva. Estaba exhausto, pero debía continuar. No sabía el motivo por el cual estaba convencido de que si su viaje de sinfín terminaba ocurriría lo peor, pero lo estaba. Sus párpados se cerraban contrariando su voluntad, el sueño le invadía. Finalmente cayó, tirando su cuerpo de apariencia inerte sobre el suelo de arena. Sombras se acumularon en un mundo imaginario, para aparecerse luego y entre éstas unas manchas blancas que de a poco tomaban forma humana. De ellas había uno que era era increíblemente parecido al dueño de estos extraños pensamientos, o tal vez era él mismo en algún pasado. Misma cara, de pelo corto tan rojizo como el suyo, ojos de un violáceo pálido, y un aro dorado en cada oreja. Diferentes escenas se aparecían en la cabeza del innominado, hasta que sus oídos captaron algo que terminó por despertarlo. Una palabra, una única y simple palabra de cuatro letras: Volk. No sabía qué significaba, pero en aquellos sueños se le había sido otorgado a la figura que se asemejaba tanto a él.

De repente un grito, solo y perdido entre el silencio inmenso de las dunas que en la noche negra parecían de nieve. Sin siquiera abrir sus ojos, el peli-rojo chilló dolorido, el ardor que guardaban sus brazos era inhumano. En una furia nerviosa, se deshizo velozmente de los brazales que componían esa parte de la armadura que llevaba encima, y se arremangó la camisa sucia y agujereada que algún día había sido blanca. Unas vendas cubrían del hombro a la muñeca izquierdos y del codo a los nudillos derechos unas quemaduras poco comunes que teñían su piel de negro y rubí, los colores del fuego maligno.

Algo más calmo, se recostó nuevamente sobre la arena ahora helada. Aún respiraba agitado, y su cansancio se prolongaba al no haber dormido más que un par de horas. Se encontraba perdido en pleno desierto, con la mente agobiada por los sueños que venían a su mente mientras dormía. El insomnio le obligó a pararse y seguir su interminable caminata.

La sombra de una montaña gigantesca, fácilmente confundible con la plena oscuridad del cielo nocturno, se iba formando en la lejanía del horizonte, pero él aún no la lograba ver con claridad. Hasta que un brillo cegador salió de detrás de ésta, demostrando que en realidad se trataba de dos hileras de montañas que formaban un cañón. Parecía ser la única variación que se presentaba en aquel mundo de arena y viento, helado en las noches e increíblemente caluroso por los días. Más ahora que el Dios del Fuego vigilaba desde los cielos, el inmortal, denominado por muchos como Sol Rojo. En tierras como aquella, compuesta mayormente por zonas desérticas, la única salvación era la luna y su calmante frío. Por esto y por la corrupción que había en las más grandes ciudades, mucha gente se dirigía al Sur y no volvía a su tierra natal a menos que fuese por una razón muy buena. Alejado de todos estos problemas, aislado en su mente sin recuerdos, sin asuntos que resolver ni nada que le impusiera mucha atención, el viajero de cabellera carmesí caminaba y caminaba, sin pensar en lo que pudiese encontrarse más adelante.

Se adentró entonces en el gran Cañón del Noroeste, nombre por el cual nadie lo llamaba desde la llegada de los Reyes Alados. Logró intrigarlo bastante el cambio de temperatura ganado al ser cubierto por las inmensas montañas. El viento seguía corriendo por allí, lo que refrescaba aún más la zona. Algo le erizaba los pelos de la nuca al joven peli-rojo, y ese algo eran probablemente los aleteos y rugidos que se oían, provenientes del fondo del pasillo de montañas. Sentía nervios y ansias por ver de qué se trataba aquello, en momentos como ese nada era más fuerte que la intriga, y nada le impediría averiguar qué le producía tal curiosidad.

Internado en la oscuridad, con la única y escasa luz del sol que se colaba entre las cumbres curvas de las altas montañas, los ruidos se hacían más y más fuertes. Llegó el momento en el que las paredes se abrieron presentando un valle. Corrió apresurado para encontrarse con la respuesta a su simple duda, pero tuvo que volverse y esconderse detrás de una roca después de tal sorpresa... El lugar era inmenso, con suelo de roca en vez de arena, y unas pequeñas lagunas dispersadas. Lo que terminó por aterrar a nuestro protagonista no fue ni más ni menos que el monstruoso ser que se encontraba situado en medio de todo aquello: su piel estaba bañada en escamas de un celeste grisáceo, constaba de un largo cuello que ahora estaba enrollado sobre sí mismo, apoyado en el suelo junto a su cuerpo acurrucado cual perro o animal pequeño de cuatro patas. Era poseedor de un respirar calmo, aunque bastante sonoro. Unos cuantos minutos se mantuvo a la espera el viajero, y justo cuando empezaba a tomar confianza en el maravilloso ser, éste largó un bufido que le hizo caer del susto. Con esta acción unas cuantas aunque diminutas rocas giraron hacia donde se situaba la bestia, golpeando sus patas traseras.

Temeroso, el chico quedó paralizado, mientras el extenso cuello del aparentemente un reptil se desplegaba y desperezaba. Aún de espaldas al de cabellos rubíes se irguió, se paró en sus cuatro patas, y dejó brotar enormes y esqueléticas alas pálidas. Sin moverse del lugar en el que estaba, volteó su cabeza para clavar unos ojos platinados en los violáceos del viajero, cuya cara resplandecía de heladas gotas de sudor.

¿De qué se oculta, guerrero? –Preguntó con un tono calmo y paciente, en cierto modo irónico, el Dragón, rey de las palabras, pero no obtuvo respuesta– Los humanos aprendieron a gobernar el fuego y pronto el cielo, ya no tienen por qué temernos –Pronunció con claridad, su voz era potente e imponía atención, pero no paraba de ser una voz tranquila, suave, como la de un hombre de gran experiencia hablándole a un niño– Dígame quién es y qué desea.
¡Me llamo Volk y vengo del Reino del Norte! –Habló por fin, entrecortado pero seguro.
No me interesa un nombre ni el reino al que sirve –Suspiró, largando una brisa gélida de su bocaComo Guardián de estas tierras, debo saber la palabra verdadera y la razón de cada ser que cruce el valle, la Puerta del Hielo. –Si el innominado, cuyo llamado al que respondía parecía ser Volk, ya estaba asustado, ahora lo estaba mucho más. No sólo estaba hablando con un ser enorme y sumamente poderoso, éste acababa de hacerle una pregunta simple que nunca podría contestar.
Y-Yo.. No recuerdo nada de mí o mi pasado –Se atrevió a decir– Vengo de la Prisión del Este, en donde perdí mi memoria y ni siquiera tengo idea de qué hacía ahí –Fue observado con curiosidad, temía no ser creído por el Guardián.
Hum, un guerrero desmemoriado adentrándose en la Tierra Dracónida no parece ser muy buena idea –Dijo elevando un poco la voz, mientras una sonrisa se presentaba en su cara, dejando a filosos dientes asomarse.
¿Tierra Dracónida? –Se preguntó en murmullos. Entre las cosas de su pasado había olvidado la existencia de tal lugar, un reino de reyes, los Dioses Elementales era uno de los cuantos apodos que se les eran otorgados.
El Cañón del Noroeste, como lo llamaron por convención hombres y Dragones. Fuimos atacados y aislados, quedándonos con nada más que esta esquina del mundo como nuestra casa –Explicó, aún con una sonrisa tranquila marcada en su cara– Alguien con quien se cruzará más adelante previno la llegada de un Señor de Dragones cuyo pasado estaba oculto por un velo inamovible –Largó un último suspiro– Te doy la bienvenida en nombre de todos nosotros, Volk.

Agachó su largo cuello, en forma de reverencia, y se hizo a un lado para dejar ver al final del valle lo que parecía ser una cueva o túnel. Aún dubitativo, el Desmemoriado –apodo por el cual algún día sería llamado por los Dragones– se dirigió a la oscuridad una vez más, donde sus recuerdos perdurarían eternos.

_____________

Bueno, acá termina el 1er capítulo de una serie de 2 partes (puede que próximamente 3). Espero les haya gustado y sigan leyéndolo :3 espero sus comentarios !! ;D


Inga 'Merell' Schmitz
Ángel Oscuro - Caída nivel 1

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